martes, 28 de febrero de 2017

Joven esperanza

En el intento de encontrarme de nuevo entre la blancura de las hojas y la tinta azul de mi corazón, pude escuchar sus débiles toquidos suplicantes para que abriera la puerta.
Un poco temerosa ante la duda de lo que podía encontrar al otro lado, me armé de valor y la abrí. Ríos de agua marina salieron y me empaparon.
El pobre corazón se estaba ahogando, pensé que me reclamaría el abandono, pero no fue así. Sonrió débilmente y me abrazó. Su cuerpecito débil como pudo se puso en pie, no había perdido su inocencia. En seguida puso nuestra canción preferida, preparó té y galletas de chocolate.
No había nada qué decir porque los dos nos entendíamos muy bien, así que solo sonreímos y comimos en silencio un largo rato.
Caminamos por su jardín y me mostró los estragos de la helada. Al ver mi mirada triste dijo que me seguiría hasta que ya no pudiera estirar más la cuerda, pasara lo que pasara.
Nunca me había juzgado y no lo haría esa vez, solo me dijo:
“Sé que sigues sin entender lo que pasa, yo tampoco lo entiendo bien. Caminas lejos, muy lejos; arriesgas tus tobillos y subes las montañas pese a que nunca ha sido buena para caminar y de pronto, volteas y al ver el fuego de la casa regresas corriendo sin importar que te resbalas al bajar, sientes que esos golpes no te duelen, pero créeme nos dolerán.
Hiciste cálculos matemáticos y lo intentaste por diferentes caminos, pero siempre salió el mismo resultado. Te aterrorizaba tanto que acudiste a mí para que te diera tu respuestas, la que venias creando entre nubes y yo, ¡claro!, te la di.
Ahora mira en que punto estamos, las manecillas siguen su camino mientras tu vives de sueños en tu cama, tus decisiones las construyes como un barco de papel y es tan cómodo que le has dibujado puertas, ventanas, flores y lo has pintado con tus colores preferidos. Ves el atardecer en la hamaca, te gana el sueño, te levantas en la madrugada llena de angustias, miras las estrellas y te vuelves a dormir sin darles importancia; mientras los periódicos matutinos se quedan atrancado la puerta de la realidad. El primer día dijiste que lo levantarías y leerías más tarde, ahora son tantos que tu barco se hunde lentamente, pero no te preocupes, te seguiré hasta esa isla que me has prometido —aunque la seguimos sin ver— dices que hay peces de colores y suficientes frutas para comer. Sólo te pido que esta vez llegues antes a liberarme de esta agua salada, temo convertirme en coral y que sólo puedas escuchar el eco de mi voz”.

Salí y dejé la puerta entre abierta para seguir escuchando nuestra canción. Me acerqué al horizonte y me dejé iluminar por el sol, al tiempo que se me escapaba una sonrisa germinada por la joven esperanza.


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