viernes, 30 de julio de 2010

El cristal para ver del otro lado

Tallado por el lado inverso, un espejo deja de ser espejo y se convierte en cristal. Y los espejos son para ver de este lado y los cristales sin para ver lo que hay del otro lado…

Una bailarina, de suave traje lila, mantiene una perpetua posición con las manos entrelazadas en lo alto, las piernas juntas en su equilibrio sobre las puntas de los pies, Durito intenta imitar la posición, pero no tarda en enredarse con tatos brazos que tiene. Otro ademán mágico y aparece un piano del tamaño de una cajetilla de cigarros. Durito toma asiento frente al piano y coloca sobre la cubierta un tarro de cerveza, que ha saber de dónde lo sacó, pero debe de ser de hace un rato porque ya está a la mitad. Se truena los dedos…voltea durito hacia la bailarina e inclina la cabeza. La bailarina adquiere movimiento y hace una reverencia. Durito tararea una tonada desconocida, inicia un compás con sus patitas, cierra los ojos y empieza a balancearse. Inician las primeras notas. Durito toca a cuatro manos, Del otro lado del cristal, la bailarina inicia un giro y un lento elevarse del muslo derecho. Durito se inclina sobre el teclado y arremete con furia. La bailarina ejecuta los mejore pasos que la prisión de la cajita de música le permiten. La ciudad se borra. No hay nada, sólo Durito en su piano y la bailarina en su cajita de música… La ciudad está sorprendida, se arrebolan sus mejillas como cuando uno recibe un regalo inesperado, una sorpresa agradable, una buena noticia. Durito le da el mejor de sus regalos: un espejo irrompible y eterno, un adiós que no duele, que alivia, que eleva. El espectáculo apenas dura unos instantes, las últimas notas se apagan conforme adquieren forma de nuevo las ciudades que pueblan esta ciudad. La bailarina vuelve a su incomoda inmovilidad, Durito se sube el cuello de la gabardina y hace una suave reverencia hacia el aparador.
“¿Estarás siempre del otro lado del cristal?” le pregunta y se pregunta Durito. “¿Estarás siempre del lado de allá de mi acá y yo siempre estaré del lado de acá de tu allá?
Salud y hasta siempre, mi querida malcontenta. La felicidad es como los regalos, duran lo que un destello y vale la pena”.
Cruza la calle Durito, se acomoda el sobrero y sigue caminando. Antes de doblar la esquina voltea hacia el aparador. Las alarmas suenan inútilmente. Detrás del aparador ya no está la bailarina de la cajita de música…
“Esta ciudad está enferma. Cuando su enfermedad haga crisis, será su cura. Esta soledad colectiva, multiplicada en millones y potenciada, terminara por encontrarse y encontrar la razón de su impotencia. Entonces y solo entonces, esta ciudad perderá el gris que la viste y se adornará con esas cintas de colores que abundan en provincia.
Vive esta ciudad un juego cruel de espejos, pero el juego de los espejos es inútil y estéril si no hay un cristal como meta. Basta de entenderlo y, como dijo no sé quien, luchar y empezar a ser felices.
Me vuelvo, prepara el tabaco y el insomnio. Hay mucho que contarte Sancho”, termina de escribir Durito.
Amanece. Unas gotas de piano acompañan al día que llega y Durito que se marcha. Al oriente, el Sol es como una piedra rompiendo el cristal de la mañana…
Vale de nuevo. Salud y dejad la rendición para los espejos huecos.
El sub levantándose del piano y buscando, desconcertado entre tantos espejos la puerta de salida… ¿de entrada?
Don Durito de La Lacandona, Subcomandante Marcos
Por cortesía de Ana.

1 comentario:

Luz M. Soto Arocho dijo...

Este cuento es una joya, tanto por su síntesis, como por su estilo y la originalidad con que trata temas eternos en las interrogantes del ser humano.